domingo, 18 de octubre de 2009

Mr. Miracles

Sahumerios, viejas balanceándose sobre su falsa fé y sus sogas blancas, 16 cachacos del colegio militar en uniforme de campaña, un tecladista desafinado y sus rancias canciones de iglesia, algunos sapos completan el panorama vigilado por un anda de 1 tonelada que pesa más en kilos que en poder. Un acoplamiento del micrófono da por empezada la sesión y los que quieren impresionar, ejecutan el acto compulsivo católico de persignarse e inmediatamente bajan la cabeza, se miran los zapatos, se arrancan las hilachas sueltas del pantalón y aprietan los parpados tratando de no pensar en la paja que se hicieron en la mañana, en el maní dulce que robaron en el quiosco , o cuando le dijeron a sus mujeres que ellas era sus vidas. Repiten todos sintomáticamente palabras que nunca entendieron, palabras ya demasiado trilladas, palabras usadas en nombre de Yisus Craist para librar guerras y torturar cuestionadores, en fin, palabras falsas. Si tuviera la oportunidad de volver en la historia y matar a alguien por el bien de la humanidad, ese alguien sería sin duda alguna Constantino, ingenuo augusto romano, quien por miedo al fracaso de sus predecesores, legalizó el cristianismo, que ya para ese entonces habia sido amoldado a las necesidades de sus seguidores. Constantino fué aún mas allá en su afán de convertir el cristianismo en algo aceptable para los romanos y convocó al tristemente célebre concilio de Nicea, en donde queda pactada para siempre la condición perseguidora y paranoide de la iglesia. Un certero golpe de espada en la nuca, una pedrada, un poco de cicuta, hubieran sido suficientes para salvarle la vida a millones de personas, a millones de mentes, a salvar el mundo de lo que sufre hoy: dinero, muerte, mentira, hambre, corrupción. No hubieran manipulado el sentido de las palabras, la intención de los hombres, ni la nobleza de los corazones. No hubieran matado a las mejores mentes, quemado los mejores libros, enviado a la hoguera a las mujeres mas bellas ni robado nuestros oros. Cada hostia disuelta en lenguas hipócritas, cada velita encendida por manos tembleques, cada cuenta del rosario y cada moneda en la canastita, representan un genio acusado de hereje, una madre acusada de bruja, un grimorio quemado, 1000000 de indios muertos, y la represión del alma por 1700 años. ¿Algo más señor cura?

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